Y llega un día que te cansas…o no.

Y llega un día que te cansas de las prisas de la gente y los empujones en las colas. Y llega un día que te cansas de ir por la calle y que escupan a dos pasos de ti. Llega un día que ya estás harta, ya no toleras que se cuelen en el autobús y contra todos tus principios sueltas un codazo. Te cansas de ver cómo la gente no cede el sitio a las personas mayores en el metro. Ese día, tras saludar durante un mes a la cajera del súper de la esquina sin recibir más respuesta que la indiferencia, decides que a partir de ahora evitarás las fórmulas de cortesía. Llega un día que te cansas de las motos eléctricas que van pitando para que te apartes. Te cansas de los coches que invaden el carril bici. Te cansas de los pasos de peatones que no tienen uso alguno. Llega un día que una vez más te molesta que se te queden mirando en el autobús como si hubiera entrado un extraterrestre. Te cansas de olvidarte siempre de cómo se pronuncia el segundo carácter de tu té con limón y hielo, y te cansas de buscarlo por enésima vez en el diccionario. Te cansas de que cuando hablas de temas que se salen de lo habitual, no sabes cómo se dicen palabras que pueden salir en una conversación cualquiera como crisis, mirador, ecografía…Te cansas de parafrasear en chino. Te cansas de no acordarte nunca como se dice microondas y llamarlo siempre por “esa cosa para calentar”. Te cansas de comunicarte todo el día en otra lengua y al llegar a casa de trabajar tener que seguir estudiando. Te cansas de que en cuanto dices “ni hao” te digan qué maravilloso es tu chino. Te cansas de ir al hospital y no entender bien lo que te dice tu médico porque el día que hablaron de glóbulos rojos y anemia debe ser que faltaste a clase. Te cansas de la falta de planificación y sus planes y cambios de última hora. Te cansas de que el queso sea caro, el chocolate sea malo y los aguacates estén reservados para domingos y fiestas de guardar. Te cansas de los fideos y del arroz a todas horas. Y que siempre se olviden de quitarte el cilantro cuando se lo pides. Te cansas de olvidar pedir que te quiten el cilantro. Te cansas de que el agua esté siempre caliente y le pones hielos a todo. Te cansas de su manía de no cuestionarse ciertas cosas. Te cansas de los olores. Te cansas de lo herméticos que son a veces y lo mucho que cuesta hacer amigos chinos más allá de la cortesía inicial. Te cansas de traducir los estados de Weixin con el Pleco porque siempre hay algunas partes que no entiendes. Te cansas de escuchar “看,一个外国人” (mira, ¡un extranjero!). Y llega un día que te cansas de esa lucha diaria. Y entonces tienes dos opciones: te vas o al día siguiente te levantas y…

Otro día te levantas y te has encontrado a la cajera del súper en el portal, que te ha dado los buenos días con una agradable sonrisa. Otro día te levantas y al ir a trabajar en bici te entretiene ir sorteando los obstáculos y hoy mejor te lo tomas con calma, porque puede que ellos sí, pero tú no tienes prisa. Otro día te levantas y en la cafetería a la que vas siempre te dicen si les enseñas a hacer sándwiches y postres. Otro día te levantas, no tienes hielos y te bebes el agua caliente, que curiosamente parece que te sienta mejor en el estómago. Otro día te levantas y te descubres a ti misma diciendo que los 凉面 (fideos fríos) de Tianjin estaban mucho más buenos que los que hacen aquí en Hangzhou, así como una experta en fideos. Otro día te levantas y le pegas un post-it al microondas con el nombre bien grande. Otro día te levantas y usas más Weixin que Facebook. Un día te levantas y no te importa que la película en el cine sea en chino, porque la puedes entender, mejor o peor, pero el cine ya ha dejado de ser un obstáculo. Otro día te levantas y al que te mira en el autobús le echas la lengua y le sonríes. Otro día te levantas e invitas a tus conocidos chinos a cenar, y tan fácil como eso se van convirtiendo en tus amigos. Otro día te levantas y has soñado en chino. Otro día te levantas y le echas vinagre a la pasta, porque “le falta sabor”. Otro día te levantas y te ves regalando fruta cuando vas a cenar a casa de alguien en lugar de una botella de vino. Al día siguiente te levantas y esa noche te lo pasas genial en el karaoke jugando a los dados y cantando. Otro día te levantas y ya no comes tanto chocolate, pero lo disfrutas más. Un día te levantas y te das cuenta que has estado viajando dos semanas sin planificar ni reservar nada y ha sido uno de los mejores viajes de tu vida. Otro día te levantas y descubres en una conversación una palabra que has estudiado hace poco y te alegras por todo el esfuerzo. Otro día te levantas y definitivamente, ves las cosas de otra forma.

Últimamente escucho a menudo que China nos quema, nos desgasta. Día a día con los pequeños detalles. También que el país ya no nos quiere y nos va poniendo las cosas difíciles con papeleos y condiciones. Dicen que esas pequeñas batallas diarias acaban con nosotros y al final abandonamos y desertamos de esta guerra de vivir tan lejos en un país incomprensible. Que somos demasiado distintos y que nunca llegaremos a entenderlos. Es probable que todo esto sea cierto, pero también lo es que tu actitud lo cambia todo. Hay días y días…

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